El fantasma de Canterville
Marzo 28th, 2007 “Cuando el embajador de América, míster Hiram B. Otis, compró el castillo de Canterville, todo el mundo le dijo que cometía una gran tontería, porque en la finca había duendes. Hasta el propio lord Canterville, hombre de la más escrupulosa honradez, se creyó en la obligación de advertir a mister Otis cuando llego el momento de discutir las condiciones”
Así comienza una de las obras más conocidas de Oscar Wilde, irlandés de nacionalidad, autor entre otras obras de El retrato de Dorian Gray, de La importancia de llamarse Ernesto, de El abanico de Lady Windermere, entre algunos otros.
Con el encanto de su ingeniosa forma de escribir, Oscar Wilde se divierte comparando la antigua aristocracia inglesa con la nueva aristocracia de los millonarios norteamericanos. En este caso la excusa es El fantasma de Canterville y nadie está a salvo de su ingenio.
“El fantasma empezó a pasearse por los pasillos para intentar atemorizar a los nuevos inquilinos, pero su sorpresa fue mayúscula cuando se dio cuenta de que ningún familiar tenía miedo ante su presencia. Este hecho provocó que el fantasma de Canterville comenzase a deprimirse. La depresión iba en aumento cada vez que el fantasma intentaba asustar a alguno de la familia. Además cuando lo intentaba siempre los hijos del señor Otis inventaban algo para perjudicarle y que acabara siendo él el asustado y tenía que marchase, atemorizado completamente”.